Voy a ir a un psicólogo. Sé que es para mi bien, para ayudarme a mantener mis ideas firmes. Lo único que espero es que no sea en vano. Varias veces hablé con millones de personas distintas, sobre mi vida, lo que siento, lo que me pasa, lo que me gusta y lo que no. Y nunca termino de determinar lo que siento, lo que me pasa o lo que soy. Nunca encuentro a alguien que me entienda. Nunca encuentro a una persona que entienda mis bufidos.
Quiero ir al psicólogo para ayudarme sentimentalmente, aunque ni siquiera estoy conforme físicamente. Aunque no quiero que como encontré a una persona con quien hablar cada semana deje de hablar con otras personas.
Cada lunes, después de teatro lloro, no sé porqué, simplemente lloro. Cada lunes es empezar a analizar todo lo que me pasa, y me deprimo a más no poder. Cada lunes me da bronca todo. Me da bronca la mierda que me rodea.
Ni siquiera sé cómo expresarme, ¿¡cómo hacerlo si ni siquiera sé exactamente que me pasa!? Es la mierda de la adolescencia, pero no la soporto, y no creo que la soporte tantos años más.
Aunque si lo pienso, sé porqué me deprimo los lunes... Algunos viernes cuando salgo del colegio voy con mis amigas a hacer algo, y eso es algo que me encanta. Estar con mis amigas me hace olvidarme de todo. Es con ellas con quien puedo saber quién soy. No me importan los demás estando con ellas. Puedo llegar a hacer cualquier cosa.
Después vuelvo a casa, y pasa lo de siempre. Agarro la computadora y me siento a viciarme hasta que me den ganas de irme a dormir. Cada viernes hago lo que quiero, ni siquiera me preocupo si el lunes tengo examen. No me importa, total falta, hoy es viernes, mi viernes, tiempo para descansar. Empiezo a pensar solo en mi, en lo que quiero hacer. Desde qué música quiero escuchar hasta qué quiero hacer de nuevo en mi cuarto.
El sábado me junto con amigas, a veces, casi siempre no, pero me junto. Y si no me junto es lo mismo que el viernes, solo que con la depresión de que es el último día que me voy a poder acostar tarde.
El domingo es pensar por qué pasó tan rápido la semana, o por qué no lo aproveché al máximo, es decir, estuve como una larva tirada todo el día. Rara vez hago las cosas del colegio, rara vez. Y llega el domingo a la noche que me tengo que ir a dormir temprano pensando en que voy a volver a la rutina, a la rutina que odio.
Y llega el lunes. Cada lunes caigo en la realidad. Estoy harta de pasarme algunos recreos solo con mi mejor amiga, no es por ella, es porque estamos nosotras dos. Cuando estamos con otras chicas son nuestras amigas, pero cuando ellas no van solo somos ella y yo. Odio a todos los profesores de ese colegio. Odio ir al colegio. Odio salir del colegio y que me empiecen a gritar cosas que no soy. Odio no tener una buena relación con mi hermano cuando llego a casa. Odio llegar a teatro y estar con gente con la que no hay química. Odio llegar a mi casa y sentirme así, tan mal. Cada fin de semana me olvido de todo lo que me pasó esa semana, me tomo un respiro de todo. Pero después vuelve a ser siempre lo mismo. Me gustaría pensar que es solo porque no dormí mucho. Pero no. Cada lunes me siento mal. Se me mezclan los pensamientos, no puedo mantener una idea firme.
Lo único que logra ponerme bien es la música. Y además de eso, pensar en todo lo que yo les digo a las personas que se sienten mal. Si yo les digo a las demás personas que piensen en lo bueno que tienen, ¿¡por qué yo no!? Si les digo a las demás personas que sean fuertes, ¿¡por qué yo no!? Aunque bueno, lo soy bastante, pero ese no es el punto. En realidad, nada de lo que estoy escribiendo y ustedes leyendo es el punto. Esta entrada no tiene sentido. Lo único que quería era escribir para organizarme un poco, bajar un cambio. A veces es mejor decirme ¡pará! Dejá un poco para mañana, suficientes pensamientos por hoy, dejá que todo fluya. Y así sigo.
Cuando yo le digo a la gente que no se sienta mal, que hagan lo que les gusta hacer, que lloren si quieren, que de descarguen, me pregunto si yo hago exactamente lo mismo.
Ahora que lo pienso, el psicólogo me va a venir bárbaro. Los que me conocen saben que no me gusta contar mis problemas porque odio llamar la atención, además, odio poner a los demás mal o en situaciones feas con mis problemas. Me guardé por tanto tiempo todo que de un día para otro largo todo y eso es peor. Es como estar en una pileta vacía, de a poco se va llenando hasta que me ahogo y no puedo más. Lo que debería de hacer, al igual que muchos, es largar mis sentimientos. Si mañana me siento mal, demostrarlo, sentirme mal, ¿qué va a pasar? Nada. Si pasado mañana me siento feliz, también demostrarlo, ¿qué va a pasar?
Hace mucho no escribía, y ya me había olvidado lo bien que se sentía descargarse. Es más, ahora me siento mejor. Es increíble como con analizando un par de palabras que te fluyen de la mente podés sentirte aunque sea un poco mejor.
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