Gracias por todo lo que aprendo de vos, mamá:
Tu paciencia: una y mil veces vuelves a empezar la búsqueda del juguete perdido, comprendes el eterno desorden infantil de la casa, toleras las adolescentes puertas cerradas, los por qué yo, los después...
Tu fortaleza: tú misma te preguntas de dónde obtienes el valor, la resolución para permanecer de pie, para desafiar todo y a todos, para actuar como una leona, a veces, serena, otras, furiosa. Quizás porque sabes que me protejo detrás de tí.
Tu fragilidad: lloras cuando lees esas cartas de letra imposible, lloras en los actos escolares, lloras si me voy y lloras también cuando vuelvo. Tu alma se hace frágil a la hora de la emoción.
Tu pasión: por hacer siempre las cosas bien, por los libros y el cine, por la cocina sencilla y dedicada, por la organización, por la vida en familia y los viajes. Tu pasión por mí.
Tu percepción: ¿qué mágica intuición logra que no pueda ocultarte nada? Tal vez, tu entrañable necesidad de ser, aun en el silencio, mi mejor compañía.
Tu fe en mí: con razones o sin ellas, segura y constante, sin dejarte clauidcar frente a mis contratiempos o a los ajenos, contra el mundo si es necesario... pero siempre a mi favor.
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